Razones para actuar políticamente bajo el principio de la no violencia

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La dinámica del cuadro político venezolano actual parece acercarnos progresivamente al abismo. Al abismo de la violencia y de la desarticulación completa de los lazos de cuidado y respeto que, a mi juicio, han de privar entre nosotros; estos vínculos entre ciudadanas y ciudadanos —urdimbre de la cultura política— han demostrado ser esenciales para el funcionamiento y estabilidad de las democracias. La nuestra, como sabemos, poco conserva de su funcionamiento democrático.

En nuestro país, en este momento, necesitamos pensar y actuar equipados con ciertas intuiciones preliminares acerca de lo que es significativo y lo que no. ¿Qué quiere decir esto? Significa que si no tenemos idea de lo que andamos buscando, jamás lo encontraremos. Claro, me dirán, sí tenemos ideas, sí sabemos lo que buscamos. Conviene, sin embargo —esta es la justificación de estos apuntes— someter a escrutinio crítico las ideas en las cuales se apoyan nuestras acciones.

Con estas notas quiero proponer para la discusión: 1) tres principios sobre el ser humano que podrían ser la base de nuestras acciones; 2) cinco razones a favor de la lucha no-violenta como estrategia central de las actividades políticas del movimiento civil que nos reúne y que, por definición, ha de ser democrático, respetuoso e inclusivo; 3) presentar ideas acerca del tipo de formación política y ciudadana que convendría promover y practicar.

1. Consideraciones antropológicas

Pienso que las actividades que se están realizando, y se han de realizar, han de tener principalmente tres propósitos: vigorizar la cultura política democrática de las personas participantes; contribuir con las actividades y la formación y la organización ciudadanas teniendo como foco la perspectiva de la no-violencia; y profundizar (o crear) lazos de solidaridad y reciprocidad entre nosotros y con personas de otros grupos y comunidades.

En este momento, pienso, importa asegurar la formación política y ciudadana y, sobre todo, difundir nuevas ideas, perspectivas y prácticas. Hace falta marcar una clara diferencia entre nuestras acciones y las acciones del gobierno venezolano. A la feroz represión y a la violencia desmesurada de las acciones gubernamentales no podemos responder con la furia y la rabia que estas acciones inhumanas desencadenan en nosotros. Hemos de actuar de un modo acorde con los valores y principios morales y políticos que están en la base de nuestras protestas y de los profundos desacuerdos que tenemos con el gobierno del país.

Considero que las actividades, la formación política y la organización ciudadana han de favorecer, promover y ampliar el desarrollo moral de las personas participantes con base en tres principios[1]:

  • la autonomía de la persona, entendida, en este caso, como su derecho a vivir regida por leyes, normas y prácticas elegidas por la persona misma,
  • la consideración de que cada persona es un fin en sí mismo, por lo tanto no puede ser utilizada como medio para los fines de otros, sin importar la nobleza y el alcance de esos fines,
  • el principio que considera a cada persona dotada de capacidades para elegir y actuar respecto a las cosas que ella valora.

Estos principios aseguran amplios espacios de libertad y elección a cada persona. Me parece, concuerdo con Nussbaum, que sin mayores problemas pueden convertirse en objetivos políticos que respeten siempre las elecciones de cada persona. Subrayo la idea de cada persona porque, a mi juicio, necesitamos recuperar y valorar esa noción en nuestro país. De acuerdo con el proyecto político jacobino en desarrollo, lo que importa es el colectivo, los colectivos, no el individuo. Los derechos del individuo son asfixiados en forma sistemática. Pues bien, si trabajamos pensando en cada persona real, en sus demandas y sus necesidades, y logramos las mejoras políticas y sociales que nos proponemos, esas mejoras derivarán necesariamente hacia los colectivos. Pero nuestro objetivo, insisto, será no utilizar a ninguna persona como medio para que otros (familia, comunidad, grupo étnico o religioso, clase o grupo social, agrupación política o civil) logren sus propios objetivos, sean estos de cualquier índole.

La principal confrontación que atraviesa la sociedad venezolana es, justamente, la que se da entre un Estado que constantemente humilla e irrespeta a la persona y la somete a sus designios (hasta en la manera de comer), y la dignidad y el respeto a que es acreedora toda persona. Las acciones del Estado y del gobierno venezolano en la actualidad atentan sistemáticamente contra la dignidad humana; hacen que nuestras vidas cotidianas, en muchos sentidos, sean incompatibles con una vida acorde con esa dignidad. Pero, ¿qué es la dignidad? La dignidad es un atributo que nos iguala y nos hace dignos de reverencia y respeto. Las personas somos dignas de respeto porque somos seres autónomos capaces de razonar, actuar y elegir con libertad. Hay también otras capacidades humanas decisivas tales como percibir, sentir emociones, ser capaces de amar. Todas estas capacidades nos hacen de igual valía, por ellas merecemos respeto y tenemos dignidad.

2.  Las razones a favor de la lucha no violenta

Con base en los principios indicados arriba, y teniendo en mente la peligrosa deriva de la confrontación política actual, quiero proponer la idea de no violencia como núcleo organizador de las imprescindibles actividades de protesta y de defensa de los derechos y la dignidad que se están llevando a cabo, y las que se puedan emprender. Aquí van algunas razones.

1ª razón. El odio es el arma secreta del totalitarismo[2]

Muchas luchas violentas se han basado, y se basan, en el odio: hacia los extraños, hacia los invasores, hacia los colonialistas o los explotadores, hacia los burgueses, hacia los infieles, hacia los impuros. Pero, ¿qué significa odiar? El odio envenena la subjetividad del ser humano y le despoja de su dignidad. Al odiar se quiebra la integridad de la persona, se anula la comunicación y la solidaridad con los demás. El odio es una pasión terrible que empequeñece a quien la siente. Recordemos la brutalidad de la guerra civil española o al terrible Ricardo III quien al final de una vida llena de crímenes y odio, pudo decir de sí mismo: “¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia particular, y cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el perjurio en más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato, hasta el más feroz extremo! Todos los crímenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando todos: ¡Culpable! ¡Culpable!…”[3]

Es una creencia extendida asociar la búsqueda del bien con el odio. Pero del mal no puede surgir el bien. El odio conduce al fanatismo. Renunciar al odio y al fanatismo, dice Kolakowski, no significa retirarse de la lucha por la justicia, de la búsqueda de un mundo mejor; significa reconocer el valor y el respeto debido a las personas, viéndolas como fines y no como medios. Bien claro lo dijo Andrés Eloy Blanco:

Por mí, ni un odio, hijo mío,
ni un solo rencor por mí,
no derramar ni la sangre
que cabe en un colibrí,
ni andar cobrándole al hijo
la cuenta del padre ruin [4]

2ª razón. Rabia y resentimiento no son las bases para la búsqueda de cambios en la sociedad

También se cree comúnmente que la rabia y el resentimiento son una base sólida para la búsqueda de justicia y libertad. Desde allí, por ejemplo, se justifican acciones como los sanguinarios asesinatos cometidos por los militantes del Daesh (ISIS). Desde allí, se justificaron todas las luchas violentas y brutales que destruyeron el tejido político, social y moral de las sociedades latinoamericanas a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. En un continente con fragilidades institucionales y democráticas severas, se legitimó la violencia como forma de lucha política. Los resultados de este proceso son historia reciente y sus efectos son marcadamente visibles en la situación actual de la sociedad venezolana.

El resentimiento, dice Ruth Capriles[5], es una emoción hostil reprimida. Se alimenta de la incapacidad para expresar las emociones oscuras, que junto con la impotencia se incubarán y se dirigirán en forma permanente hacia otros o hacia la sociedad. Lo peligroso del resentimiento es que es incurable y se llega a convertir en una pasión colectiva, “una fuerza política que afecta a colectividades enteras”. En Venezuela hemos tenido manifestaciones aisladas de la enfermedad. Capriles ejemplifica: la Guerra Federal y las acciones de Maisanta, ambas reivindicadas, como no sorprenderá a nadie, por el proyecto jacobino chavista. Un líder resentido y masas ¿irracionales?

Hay que aceptar la rabia como una manifestación de las emociones humanas. Es una respuesta pre-programada en nosotros por la evolución. Reaccionamos con rabia ante las ofensas, las humillaciones, la vulneración de nuestros derechos, las amenazas a nuestra dignidad. Es posible, sin embargo, una reacción diferente[6]. Para lograr la justicia y defender la libertad no podemos, como dijo algún famoso autor, enjaular la rabia. No se puede enjaular a un perro rabioso y esperar que de la jaula salgan la justicia y las libertades. La rabia hay que transformarla de una manera esencial. Ha de pasar de ser una “fuerza obsesiva, animal, movida por un deseo de venganza, a convertirse en algo humano, susceptible de aceptar razones, de deliberar sobre los asuntos que nos afligen, de ser encauzada en formas de actuar efectivamente humanas”.

Esta transformación es la que está presente en tres de los más grandes movimientos políticos —también muchos otros a escala menor— del siglo XX: la lucha independentista de M. Gandhi en la India, que liquidó la dominación colonial del imperio británico; la lucha por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos, liderada con sabiduría y buen éxito por Martin Luther King; y la lucha por la eliminación del cruel apartheid en Suráfrica, encabezada por Nelson Mandela. Si de algo sabían, en sus propias carnes y conciencias, estos tres inmensos líderes era de humillaciones y ofensas. Sin embargo, supieron encontrar el modo de encauzar sus propias emociones y las de millones de personas de una manera que redujo en forma considerable el odio, la rabia y los deseos de venganza que animaban a la mayoría de sus conciudadanos. El instrumento de esta profunda transformación fue la idea y la práctica de la no violencia.

La rabia y el resentimiento como base para la búsqueda de justicia, dice Nussbaum, “son irremediablemente defectuosos, incoherentes y están fundados en valores dudosos para el respeto a la vida y a la ley”.

3ª razón. Las luchas violentas sólo son seguidas por unas cuantas personas; las mayorías siempre quedan al margen

De lo que se trata al emprender un proceso de lucha no violenta es de alcanzar la movilización de grandes mayorías, pues el poder reside en la gente, y la gente sostiene a quienes están en el poder. Es posible movilizar a millones de personas mediante la lucha no violenta; lo demuestran el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, la independencia de la India, la abolición del apartheid en Suráfrica, las luchas del sindicato Solidaridad en Polonia. En cambio, ¿cuántas decenas de miles se incorporaron a la insurrección guerrillera en Venezuela en la década de los sesenta? ¿Cuántos miles de personas se movilizaron en apoyo a esos movimientos violentos en nuestro país? La violencia política de esos años no solo dejó cicatrices y penas en personas y familias, sino que abrió un camino de violencia que hoy se ha convertido en la altísima inseguridad ciudadana que padecemos. En Colombia, el resultado del cruel conflicto armado son los millones los desplazados, los miles de secuestrados y asesinados. En cincuenta años nunca hubo un apoyo mayoritario y mucho menos popular a las diferentes insurgencias guerrilleras colombianas. Para no hablar de las atrocidades de Sendero Luminoso en el Perú y el rechazo de los peruanos a sus actividades.

En contrario, un ejemplo local. Año 1977, Andrés Velásquez[7], uno de los creadores del nuevo sindicalismo, líder de SUTISS[8] en Guayana, es despedido. Ese despido significó la violación de sus derechos laborales y sindicales. Velásquez, dado su gran prestigio, hubiera podido parar la Siderúrgica mediante una huelga, mediante sabotajes u otros procedimientos violentos. Tenía los apoyos necesarios. Sin embargo, su decisión fue seguir el camino jurídico, no violento, y fue demandando en cada instancia judicial el respeto y el reconocimiento de sus derechos. Llegó hasta la Corte Suprema de Justicia que, efectivamente, hizo justicia. Velásquez tardó varios años siguiendo ese camino, pero su acción no violenta sentó jurisprudencia respecto a los derechos de los trabajadores. Lueg Velásquez pasó del sindicalismo a la política. Fue gobernador del estado Bolívar y candidato presidencial en nuestro país. En su campaña por la presidencia, aunque no fue electo presidente, obtuvo 1. 232. 653 votos.

4ª razón. Los cambios logrados mediante la no violencia son más estables y duraderos

Actualmente, ¿cómo se entiende la lucha no violenta? De acuerdo con Popovic, Milivojevic y Djinovic, la lucha no violenta no es una lucha por ideales, sino una lucha por el poder político. La conforman el conjunto de estrategias, planes y actividades dirigidas a alcanzar el poder político, o negárselo a otras personas o grupos. Las luchas no violentas de estos líderes estudiantiles comenzaron con 11 personas y llegaron a tener 70.000 incorporadas al movimiento OTPOR.

Un estudio reciente[9], afirma que, en 50 de las 67 transiciones a la democracia en los últimos 33 años, la resistencia civil no violenta fue un factor esencial. Cuando los movimientos opositores utilizaron la lucha no violenta, la transición arrojó resultados de mayor libertad y justicia para las sociedades en cuestión, mientras que los movimientos opositores que utilizaron la violencia para lograr la transición redujeron considerablemente las posibilidades de construir democracias sostenibles.

5ª. La acción no violenta modifica la estructura cognitiva y emocional de la gente

Vivimos en un mundo imperfecto. Nuestra sociedad es un claro ejemplo de ello. Nuestra búsqueda de libertad, justicia y bienestar no puede, no debe, anclarse en las humillaciones pasadas o presentes, sino que ha de encontrar y trazar el camino —seguramente lento y penoso— que nos permita vislumbrar y llegar a una sociedad abierta, más justa, respetuosa de las libertades y la dignidad humana.

Para ello necesitamos educarnos y educar. Se requiere una educación política y ciudadana que conecte a la persona con el mundo de manera que no se cultive el odio, ni se propicie el resentimiento. Hay que promover un tipo de formación que active y mejore la capacidad de ver y conocer el mundo a través de la mirada y la experiencia de otros seres humanos. Este proceso, llamado por los investigadores descentración cognoscitiva, es una de las bases de nuestro desarrollo moral. Al colocarnos en la perspectiva de otras personas abrimos puertas al entendimiento y la deliberación, damos paso al surgimiento de una persona dotada de capacidades para el pensamiento, la emoción y la imaginación. Estas facultades son las que nos hacen humanos y sirven de soporte a relaciones humanas genuinas y complejas.

Las formas violentas de acción política poco contribuyen con el desarrollo de seres humanos plenos, capaces moralmente y con sentimientos de valía y respeto por los demás. Las luchas no violentas, en cambio, dan confianza a las personas, crean vínculos de solidaridad y reciprocidad entre ellas, y dan a los activistas herramientas para la comunicación abierta, la negociación o el desarrollo de coaliciones. La democracia precisa personas así, de lo contrario cualquier democracia está destinada al fracaso. Creo que ese tipo de formación es y ha sido una de las carencias esenciales de la educación en nuestro país. Los barros políticos en los que nos movemos hoy son el resultado, en buena medida, de las miserias y deficiencias de nuestro pasado educativo. Y qué decir tiene de la educación bolivariana.

La democracia se basa en el respeto y el interés hacia los otros. Respeto y reconocimiento que sólo son posibles si tenemos la capacidad para ver a los demás, a todos los demás, como seres dignos, valiosos, como fines y no como meros objetos o medios para alcanzar nuestros propósitos particulares, o los grandes objetivos sociales que se trazan para nosotros desde las esferas gubernamentales.

3. ¿Cuál formación política y ciudadana necesitamos?

Se trata, pienso, de promover la capacidad para el pensamiento crítico, lo cual incluye, de forma destacada, la revisión de nuestras propias ideas y el desafío de costumbres y tradiciones recibidas. Se trata de educarnos y educar para actuar desde la responsabilidad individual y favorecer la búsqueda de justicia, el respeto a la dignidad humana y el sostenimiento y expansión de la democracia. Se trata, por decirlo corto, de educar para la democracia.

Educar para la democracia, sigo aquí a Martha C. Nussbaum[10], es favorecer el pensamiento que sabe discernir y diferenciar, sensibilizar en relación con las diversas desigualdades e iniquidades presentes en la sociedad y propiciar el desarrollo de la racionalidad moral. Es lo contrario de educar para el crecimiento económico o la rentabilidad.

Esta formación ha de propiciar y desarrollar las siguientes facultades y aptitudes:

  • La capacidad para examinar, argumentar y discutir las cuestiones políticas que afecten al país, sin mayor atención hacia la autoridad o la tradición.
  • La capacidad para reconocer a las otras y  a los otros ciudadanos como personas con nuestros mismos derechos, sin importar las diferencias en cuanto a raza, género, orientación sexual, religión, etc., y de verlos con respeto, como fines en sí mismos.
  • La disposición para interesarse en la vida de los demás, de comprender las consecuencias que cada política puede tener en las oportunidades y las experiencias de los demás ciudadanos, así como de los nacionales de otros países.
  • La facultad para imaginar una variedad de asuntos complejos que afectan la vida humana y poder reflexionar sobre los diversos estados de la vida humana con base en el conocimiento de historias entendidas más allá de un simple conjunto de datos.
  • La capacidad para juzgar críticamente a los dirigentes políticos, con ideas asentadas en la realidad y fundamentadas en las posibilidades reales que estos dirigentes puedan tener a su alcance.
  • La capacidad para pensar en el bien común de la sociedad, sin limitar ese bien a grupos reducidos a los propios vínculos familiares o locales.
  • La disposición para entender a la propia nación como parte de un sistema mundial, en el cual, para solucionar los problemas se requiere una apreciación y una discusión transnacional.
  • La capacidad y el valor para expresar nuestras propias ideas, aún cuando vayan en contra del conocimiento establecido, o de las ideas de la mayoría.

 

 

[1] Estos principios se inspiran en I. Kant, Groundwork of the Metaphysics of Morals, traducción de Mary Gregor, Cambridge: Cambridge University Press, 1997; y en el “enfoque de capacidades”,véase A. Sen, Development as Freedom, 1999. Oxford: Oxford University Press; Martha C. Nussbaum, 2012. Crear capacidades, Barcelona: Paidós.
[2] L. Kolakowski. 1990. La modernidad siempre a prueba. México: Vuelta.
[3] W. Shakespeare. Ricardo III. Varias ediciones.
[4] Andrés Eloy Blanco. “Coloquio bajo el olivo”. Disponible en www.latino-poemas.net/modules/publisher2/article.php?storyid=4
[5] Ruth Capriles, 2008. El libro rojo del resentimiento. Caracas: Random House Mondadori.
[6] Esta sección se apoya en reflexiones de Martha C. Nussbaum. “What Is Anger, and Why Should We Care?”. Disponible en www.youtube.com/watch?v=0UmWoqhkJdU&feature=em-share_video_user
[7] Gladys Villarroel. 1991. “Los nuevos modos de acción política y el papel de las minorías en el cambio social”. En Maritza Montero, Coordinadora. Acción y discurso. Problemas de Psicología Política en América Latina. Caracas: Eduven, C.A.
[8] Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Siderúrgica y sus Similares.
[9] Citado en Lucha no violenta. Los 50 puntos cruciales. Disponible en http://canvasopedia.org/project/50-crucial-points/
[10] Martha C. Nussbaum. 2010. Sin fines de lucro. Buenos Aires: Katz Editores.

 

Imagen: Activists Hub. La escultura es del artista sueco Carl Fredrik Reuterswärd

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Sobre el Autor

Gladys E. Villarroel

Egresada de la Escuela de Educación y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela, donde es profesora titular. Dirige una línea de investigacion sobre cultura política y ciudadanía en Venezuela. Ha publicado "Las representaciones politicas de venezolano" y más de 40 artículos en revistas especializadas. Entre 1999 y 2000 fue investigadora visitante en el Departamento de Sociología de la Universidad de Yale.