Valentina Pereda: del activismo a la política (y de nuevo) al activismo

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Mi camino hacia la carrera política fue completamente accidental, pero durante casi una década le dediqué todo mi ser y energía a una labor que me dio mucha satisfacción y, en muchas ocasiones también, me produjo frustración. Como la de la mayoría de estadounidenses, mi historia nace con la migración de mi mamá, una mujer de treinta años que provenía de un pueblo pequeño en la costa oriental de Venezuela.  Es esa historia la semilla de mi relación con el activismo y luego con el trabajo político.

Cuando llegó a Nueva York, mi mamá tenía seis meses de embarazo, conmigo en el vientre. Su relación de doce años con mi padre terminó cuando ella se enteró de que estaba embarazada. Ante la noticia inesperada, mi papá dio un ultimátum: “Termina el embarazo o dile adiós a la relación”. Enfrentada a una de las decisiones más grandes de su vida, mi mamá eligió seguir su corazón y romper con la relación. De inmediato, durante el otoño de 1987, le dijo adiós a su familia y a su vida entera en Venezuela, y emigró a Nueva York con nada excepto veinte dólares en su bolsillo y el anhelado sueño americano.

Nuestra vida en Estados Unidos siempre ha tenido como base el trabajo duro. Como tantos inmigrantes, mi mamá tenía múltiples trabajos para apoyarnos y darme una vida que no fue posible para ella en Venezuela. Nací en Nueva York y me crié en Greenwich, Connecticut, uno de los pueblos más ricos del país. Allí recibí la mejor educación pública disponible y tuve la oportunidad de ir a universidad y hacer una carrera profesional. Pero todo cambió durante mi primer año de high school, cuando un evento nos alteró la vida a las dos.

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Una mañana de primavera del 2002 recibimos una llamada de Venezuela con la noticia de que a mi abuelo le había dado un derrame cerebral y estaba al borde de la muerte. Al enterarme, le dije a mi mamá inmediatamente que empacáramos las maletas y fuéramos a Caracas a verlo.

“No es tan fácil,” me dijo mi mamá en llanto, “yo no puedo salir.”

En ese momento supe por primera vez lo que es ser un “indocumentado”. Nunca había cruzado por mi mente preguntarme cuál era el estatus legal de mi mamá; antes de que ocurrieran los atentados del 11 de septiembre los inmigrante solían tener libertad para entrar y salir del país sin problema: bastaba con renovar sus visas turísticas. Pero los ataques lo cambiaron todo, empezando por las leyes migratorias, que  terminaron creando una prisión invisible para millones de inmigrantes indocumentados en el país.

Mi mamá decidió ir a Venezuela y arriesgar la posibilidad de no poder volver a  Estados Unidos. Y eso es exactamente lo que pasó.

Al solicitar la renovación de su visa estadounidense en la embajada de Estados Unidos en Caracas, el oficial le negó la petición y le informó que, dado su estado de “ilegal” por tantos años, no iba a poder ingresar al país por al menos dos. Mi mamá le explicó que tenía una hija estadounidense que entonces era menor de edad, pero al oficial no le importó. Y así de rápido y cruel, durante un encuentro que duró menos de quince minutos, nuestras vidas cambiaron para siempre.

Mi mamá me insistió en que regresara a Estados Unidos sin ella y me fuera a vivir con una tía hasta que ella pudiera volver al país. Hasta ese momento éramos inseparables; sin embargo, decidí volver sin ella para continuar mis estudios.

Empecé a sentir un gran rencor hacia el país que me vio nacer y me dio tantas oportunidades. Era imposible para mí entender cómo podían existir leyes que separaran a una menor de su madre. En ese momento nació mi misión de activista, que daría paso a mi posterior carrera política.

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Durante mi época de estudiante en Connecticut, me convertí en una de las activistas de inmigración más activas del estado. Organizaba marchas y campañas en favor a los derechos del inmigrante, que empezaron como pequeñas reuniones comunitarias y se convirtieron en manifestaciones con miles de personas en diversas ciudades y pueblos del estado. Junto con una red estudiantil de escuelas secundarias y universidades, creada por lideres jóvenes, logramos que Connecticut cambiara sus leyes para que la educación universitaria fuese accesible para estudiantes indocumentados que no tenían suficientes recursos. Nuestro movimiento estudiantil y comunitario logró que los políticos nacionales y estatales  abordaran el tema de la inmigración, y recaudamos dinero para estudiantes sin papeles que deseaban asistir a la universidad.

Las victorias (y derrotas) que viví durante mi tiempo de activista me inspiraron a seguir una carrera en política después de graduarme en 2010 en Relaciones Internacionales, con especialización en Latinoamérica.

Ese mismo año empecé a trabajar para el Partido Demócrata y luego en la campaña del presidente Obama, en 2011. Continué en el gobierno en 2014, trabajando en el U.S. Small Business Administration, hasta que llegué a la Casa Blanca en 2015  y pasé luego a la campaña de Hillary Clinton, hasta noviembre pasado.

En ese periodo regresé a la universidad para estudiar Cine Documental.

Trabajar en el gobierno, especialmente en las alturas de la Casa Blanca, es algo verdaderamente inolvidable. En el partido trabajé bajo las alas de grandes operadores políticos como Brian Bond y Juan Sepulveda, en un equipo que creaba y ejecutaba la estrategia para activar circunscripciones de baja participación política como los grupos afroamericanos, latinos y jóvenes.

Entonces empecé a ver la complejidad que entrañaba organizar o crear un mensaje homogéneo hacia la comunidad latina. Durante la campaña para reelección entendí lo disciplinado y rígido que era el orden de mando en el aparato político de Obama. La cadena de comando era estricta; muchas veces las buenas ideas caían víctimas de la burocracia, a menos que alguien de alto rango creyera en ti y abogara por ellas. También –dado que en el caso de Obama se trataba de una campaña de reelección– presencié la competencia entre colegas para asegurarse un buen cargo en la administración o, con la suficiente suerte o palanca, entrar en la Casa Blanca. Todos teníamos el mismo nivel de talento y ganas. Pero a la final lo que contaba era quién se exponía a las personas adecuadas para avanzar en los rangos.

Entrar a la Casa Blanca se sentía como la culminación del sueño americano de mi mamá. En mi vida me había imaginado que llegaría siquiera a pisar uno de los lugares más importantes y poderosos del mundo. Trabajar para el presidente Obama fue un gran honor, ya que su genuinidad ante las causas que apoyó llenaba a su equipo de energía e inspiración para trabajar duro. En la Casa Blanca aprendí que la proximidad con el poder puede ser increíblemente beneficiosa, porque prácticamente todas las puertas se abren para avanzar las políticas e ideas por las cuales abogas. Sin embargo, también fui testigo de lo roto que está Washington y de las agendas personales que se anteponen ante el deseo de hacer lo correcto. Eso fue frustrante y empecé a correr el riesgo de sentirme hastiada.

Uno de los grandes desencantos fue ver la reforma migratoria, y otras propuestas de ley como  DAPA y la expansión de DACA, fracasar una y otra vez en el Congreso de mayoría republicana y en la Corte Suprema de Justicia. Sin prestar atención a ninguno de nuestros argumentos económicos, humanitarios o simplemente lógicos ante los republicanos de Washington, ese partido decidió una y otra vez votar en contra los inmigrantes.

Aunque el presidente Obama puso en funcionamiento políticas de inmigración que beneficiaron a miles de jóvenes y protegieron a millones de indocumentados contra la deportación, también ejecutó una cantidad de políticas que tuvieron un impacto negativo para muchos inmigrantes trabajadores. No se puede negar que el número de deportados aumentó, aunque los criminales y recién llegados eran los grupos prioritarios de esa expulsión. Pero entre esas deportaciones también evacuaron a una cantidad de familias y jóvenes que huían de la violencia y pedían misericordia de nuestro gobierno. Y a miles de menores de edad que solo buscaban un buen futuro, que les era negado en sus países de procedencia. Esto me indignó mucho, porque provengo de una comunidad y familia de inmigrantes indocumentados. Es por eso que me hice una promesa: al culminar mi trabajo en la Casa Blanca le daría un cambio drástico a mi vida; me mudaría a El Salvador para presenciar de primera mano las causas que empujaban a cientos de miles de inmigrantes, en especial menores de edad, a migrar a Estados Unidos.

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Cada quien tiene que seguir sus sueños y metas personales, pero a la vez debe procurar hacer aportes a la humanidad. Todos tenemos pasiones diferentes que nos empujan a pelear por algo, ya sea por los derechos de los inmigrantes, los de la comunidad LGBT o los de las mujeres, por una reforma del sistema judicial o por la igualdad económica. Estamos rodeados de injusticias que deberían indignarnos. Por lo tanto, está en nuestras manos decidir ser simples testigos, o conseguir la manera, grande o pequeña, de pelear contra ellas. Y por eso, después de nueve años estudiando y trabajando en Washington DC, estoy entrando en nueva faceta de mi trayectoria como documentalista, y trabajo en mi primer largometraje en El Salvador.

Con solo tres meses en este país, compruebo que la situación que miraba desde lejos en la Casa Blanca es más seria de lo que imaginaba. El tema es que cuando estás en el centro del poder, completamente alejado de la situación real sobre el terreno, la información que te llega está tamizada y contaminada de contradicciones.

El fotógrafo y cineasta Neil Brandvold y yo estamos en El Salvador para ver con nuestros propios ojos los impactos verdaderos de la inmigración desde la perspectiva del inmigrante, en este país y en otros de Centroamérica. Queremos documentar, de manera completa y sin filtro, las causas socioeconómicas de la situación de los países de esta región que empujan a miles y miles de personas a arriesgar sus vidas y emigrar por tierra a Estados Unidos cada año.

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He visto a madres llorar a sus hijos muertos en la morgue, víctimas de la violencia continua del país. He visto a jóvenes vivir en un estado de miedo constante, porque son blancos de extorsiones y amenazas de pandilleros. He visto a hombres, mujeres y niños en el aeropuerto con sus sueños completamente rotos, deportados desde Estados Unidos. He visto a madres jóvenes, muy parecidas a mi propia madre hace veintinueve años, que solo desean proveer una vida digna y llena de oportunidades a sus hijos. Ahora siento la gran responsabilidad de registrar todo esto para que la audiencia estadounidense lo vea también. Porque, más que estadounidenses o mexicanos o salvadoreños o lo que sea que nos retrate, fundamentalmente todos somos seres humanos con necesidades y aspiraciones compartidas. Así que siento como mía esa misión, a través de estos reportajes: recordar a la audiencia estadounidense que los inmigrantes son seres humanos.

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La tensión entre el activismo y las agendas personales de los operadores y dirigentes políticos puede producir grandes obstáculos contra los esfuerzos que intentan hacer transformaciones positivas. Eso lo aprendí como funcionaria del gobierno y también como activista. Una real interdependencia entre el activismo y la política en el poder puede crear cambios profundos y duraderos si apartamos a un lado la mera ambición personal y reconocemos el beneficio compartido de unirnos contra un status quo estructurado para someter a grupos minoritarios y a los desamparados.

En el caso de Estados Unidos, las políticas de gobierno que nacen de las agendas personales –como el caso de la oposición del gobierno actual a la reforma migratoria, su erradicación de la Ley de Salud Asequible y su resistencia contra reformas sobre las prácticas del financiamiento de campañas– afectan de forma negativa a la mayoría de los ciudadanos. Por eso siento que el activismo tiene que evolucionar y aceptar el poder que tienen el arte y la información pública transparente para movilizar a los ciudadanos.

En Washington están confundiendo los conceptos de funcionario público y operador político. Un funcionario público tiene como misión principal el bien común. El operador político, en cambio, se centra en imponer una agenda personal que hace que su jefe (un político equis) y él mismo escalen posiciones en la jerarquía del poder. Debemos empezar a diferenciar con claridad a ambos  personajes si queremos potenciar las causas genuinas y desinteresadas.

En el medio de ambos mundos quedan siempre los más vulnerables: los inmigrantes, la clase humilde, los jóvenes, las mujeres. Grupos que son usados con frecuencia como “fichas políticas” en beneficio de la imagen o la campaña de los representantes del gobierno. Es aquí donde tienen que entrar el arte y el periodismo, bien sea a través de libros o películas de ficción basadas en realidades o historias ocultas, o con documentales que hablen de esos personajes sobre los cuales leemos brevemente en los periódicos, pero que nunca buscamos conocer en profundidad. Siento la responsabilidad de humanizar a los inmigrantes, cuyas historias solo escuchamos de manera superficial y hasta sensacionalista. El gran cisma entre las naciones y segmentos concretos de su población –que es el producto de la actual retórica política que, con apoyo de la tecnología, infunde miedo y discrimina– se expresa con claridad en el discurso presente sobre los inmigrantes y musulmanes en Estado Unidos. Para mí es importante, a través de mi trabajo, recordar al público que estas personas son seres humanos como tú y como yo.

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Muchos me preguntan si después de mi proyecto en El Salvador volvería a trabajar en la política. Es difícil responder esa pregunta, porque que uno nunca sabe lo que le espera en el futuro. Pero sí tengo claro lo siguiente: al volver a Washington o cualquier otro centro de poder, entendería de manera más íntegra cómo la calidad y objetividad de información que se maneja allí dentro puede tener impacto en las decisiones que se toman en los rangos más altos del gobierno. Por lo tanto, solo volvería si tuviera control sobre la información que debo tener como base para mi trabajo. Y, a su vez, buscaría un equipo que comparta la genuinidad y abnegación que se requiere para servir de verdad a los más desprotegidos.

Pero para eso falta mucho. Por ahora estoy enfocada completamente en la misión que tengo en Centroamérica.

Al fin y al cabo, cada uno tiene que vivir la vida que le hace feliz, sin poner obstáculos a los sueños o a la oportunidad de buscar la felicidad de los otros.

Las políticas antiinmigrantes actuales no solo son ilógicas sino inhumanas. Veo que en la comunidad periodística y artística tenemos la gran responsabilidad de exponer el problema y a personajes como Trump, para mantener al público informado o, como dicen en Estados Unidos, despierto. Para mí es un gran honor unirme a esa misión con colegas tan talentosos y dedicados que pelean conmigo.

Espero que nuestro documental no solo llegue al público sino también a aquellos que toman decisiones desde el poder, lo cual solo sería posible si yo, como cineasta, encuentro los argumentos e historias adecuadas.

Sigo confiando en el poder del activismo y en la participación cívica del pueblo. Pero para que eso prospere, para que una democracia – en su definición más pura – sea real, se necesita proporcionar al público información veraz y completa. Eso es lo que espero que mis reportajes puedan aportar.

 

Imágenes, por orden de aparición: 1, 3 y 6, Valentina Pereda; 4 y 5, Neil Brandvold; 2, Patrick Tómbola

Imagen principal: Neil Brandvold

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Sobre el Autor

Valentina Pereda

Valentina Pereda comenzó muy pronto en el activismo, con la defensa, en su época de estudiante, de los derechos de los inmigrantes indocumentados. Años después trabajó en el área de comunicaciones de la Casa Blanca, como directora adjunta para los Medios Hispanos, durante un tramo del gobierno de Barack Obama, y como secretaria de prensa en Florida de la última campaña presidencial de Hillary Clinton. Actualmente vive en El Salvador, donde realiza su primer largometraje documental