¿Le damos combustible a la guerra o poder a la paz?

¿Por qué seguimos entonces tratando la seguridad energética como algo separado de las fuentes de energía?

En una estación de servicio en Pittsburgh, la política del Medio Oriente puede sentirse lejana… hasta que deja de serlo. Una vez más, estamos en uno de esos ciclos.

A medida que fluctúan las tensiones militares entre Estados Unidos e Irán, los mercados globales reaccionan de inmediato. Los futuros se mueven, aumentan las primas de riesgo del transporte marítimo, y los consumidores estadounidenses, que tienen poco control sobre todo esto, terminan pagando el precio.

En el condado de Allegheny, los datos de precios de combustible de AAA muestran que el promedio acaba de alcanzar $4.688 por galón, frente a aproximadamente $3.631 un año antes.

Foto: Eduardo Hayek

Este momento es un recordatorio de que los sistemas construidos sobre riesgos concentrados se comportan exactamente como tales, y que las naciones están más seguras con sistemas basados en riesgos diversificados.

Sabemos que la inestabilidad geopolítica en regiones productoras de petróleo eleva los precios en casa, con todos los problemas económicos y de otro tipo que eso conlleva. ¿Por qué seguimos entonces tratando la seguridad energética como algo separado de las fuentes de energía?

Los riesgos de los combustibles fósiles

Hace tres años conocí a Alex Rafalowicz, de la Iniciativa de Combustibles Fósiles, durante la Semana del Clima de Nueva York. En una conversación que se me quedó grabada, me dijo: “Las energías renovables son una esperanza no solo para reducir emisiones y proteger la biodiversidad, sino también para disminuir la violencia y los conflictos asociados con los combustibles fósiles”.

Lo que antes parecía un argumento idealista ahora se ve más como uno geopolítico. Esto no es solo sobre el medio ambiente. Es sobre la economía y la seguridad nacional.

Estados Unidos sigue consumiendo grandes cantidades de petróleo, pero la estructura de esa demanda ya está cambiando. La Administración de Información Energética de EE. UU. (IEA) ha documentado una disminución constante en el consumo de gasolina por persona.

Una flota vehicular más eficiente, la adopción de híbridos y el crecimiento de los vehículos eléctricos han reducido la demanda de combustible incluso cuando los estadounidenses recorren más millas. Los vehículos nuevos superan hoy las 27 millas por galón, muy por encima de hace dos décadas.

El sistema ya está cambiando, aunque muchos de nuestros políticos aún no se hayan dado cuenta.

Texas tiene alrededor de 40.000 megavatios de capacidad eólica, genera más de una cuarta parte de la energía eólica de Estados Unidos, ocupa el segundo lugar en energía solar con entre 45.000 y 50.000 megavatios instalados, y produce alrededor del 30 % de su electricidad a partir de fuentes renovables.

Una parte significativa de ese crecimiento proviene de distritos con tendencia conservadora. La razón no es ideológica, es práctica.

Las energías renovables, a gran escala, se encuentran cada vez más entre las formas más asequibles de generar nueva electricidad. Crean empleos en construcción, ingresos por arrendamiento de tierras para propietarios rurales y recaudación fiscal para las comunidades locales.

Esto crea una contradicción en la política energética estadounidense: mientras los debates nacionales presentan la energía como identidad, las economías locales ya la están tratando con pragmatismo.

Ventajas de la energía renovable

Incluso si los combustibles fósiles siguen formando parte de la fórmula durante décadas, el riesgo asociado a interrupciones en el suministro ya se está reduciendo gracias a la diversificación. Cuando la demanda energética se distribuye entre múltiples fuentes, las disrupciones en una parte del sistema tienen menos impacto en el conjunto.

A diferencia del petróleo, la energía renovable se produce localmente. No depende de la extracción en una única región volátil. No requiere transporte transcontinental a través de riesgosos cuellos de botella estratégicos.

Y sin embargo, Estados Unidos sigue actuando como si el único camino hacia la seguridad energética fuera aumentar la producción de combustibles fósiles. Eso reduce, pero no elimina, la exposición global y la vulnerabilidad que conlleva. El petróleo sigue teniendo un precio determinado por el mercado global. Las energías renovables no lo tienen.

El objetivo debería ser que un estrecho al otro lado del mundo influya lo menos posible en lo que cuesta encender la luz en Lawrenceville.

Además, si hay algo en lo que los estadounidenses pueden coincidir, es en que no queremos más guerras. La transición hacia energías renovables puede ayudar a avanzar en ese objetivo. Es una forma práctica de respaldar las palabras con hechos.

Mientras tanto, la competencia global se acelera. China ha avanzado agresivamente para dominar la manufactura de energía limpia, controlando grandes porciones de la producción de paneles solares, las cadenas de suministro de baterías y la fabricación de vehículos eléctricos. Esto demuestra estrategia y visión, porque la energía no es solo combustible. Es poder.

La realidad es que la transición energética ya está ocurriendo, con o sin nosotros. La pregunta no es si las energías renovables crecerán a nivel global, sino quién las construirá, quién se beneficiará de ellas y quién establecerá las reglas.

Para Estados Unidos, esto no es un llamado a abandonar los combustibles fósiles de la noche a la mañana. Es un alerta para ampliar las fuentes de energía.

La seguridad energética no significa solo aumentar la producción nacional. También implica protegerse de aumentos de precios, de disrupciones geopolíticas, de cuellos de botella como un bloqueo en el estrecho de Ormuz; es decir, de situaciones que convierten conflictos lejanos en presiones locales.

Diversidad como protección

Las energías renovables no eliminan el riesgo global, pero lo diversifican. En Estados Unidos existe la tendencia de tratar la energía como una batalla de suma cero: petróleo contra viento, tradición contra innovación, realismo contra idealismo. Pero en la práctica, la realidad es más compleja.

Pensilvania no pierde su identidad por añadir capacidad solar. Y la fortaleza energética estadounidense no tiene por qué depender de un único punto de presión global que constantemente devuelve la inestabilidad a nuestra economía.

Un sistema energético más diversificado reduce la exposición de Estados Unidos a shocks geopolíticos que no controlamos ni podemos contener.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente en inglés por el Pittsburgh Post-Gazette.