Un doblete sísmico sin precedentes desde 1900 destruye La Guaira, sacude Caracas y pone a prueba a un Gobierno interino que heredó una economía en ruinas. El PNUD cuantifica la catástrofe: 8,6 millones de personas expuestas, 1,7 millones de estructuras en riesgo y pérdidas equivalentes al 6% del PIB.
CARACAS / WASHINGTON, IQL Desks
El miércoles 24 de junio de 2026, a las seis de la tarde hora de Caracas, Venezuela tembló dos veces en menos de cuarenta segundos. El primero fue un sismo de magnitud 7,2; el segundo, apenas un latido después, alcanzó el 7,5. Ambos con epicentro en el estado de Yaracuy, en el norte del país, a poca profundidad del subsuelo —diez kilómetros el más potente—, lo que multiplicó su capacidad destructiva. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) emitió de inmediato una alerta PAGER de nivel rojo: alta probabilidad de miles de víctimas y un desastre de proporciones generalizadas.

El miércoles era feriado nacional, aniversario de la batalla de Carabobo. Muchos venezolanos estaban en casa cuando las paredes empezaron a moverse. En el barrio caraqueño de Los Palos Grandes, un edificio de 22 pisos —el Petunia— se desplomó en segundos. En La Guaira, el estado costero que separa la capital del mar Caribe, más de cien edificaciones colapsaron. En Tucacas, estado Falcón, el Hotel La Mar Suites quedó reducido a escombros.
Al cierre del 29 de junio, el balance oficial ascendía a 1.739 muertos y más de 5.000 heridos. Las autoridades advertían que la cifra aumentaría. Más de 45,000 personas continúaban desaparecidas, según fuentes consultadas.
El doblete que no se había visto en un siglo
En términos geológicos, lo ocurrido el 24 de junio se denomina un “doblete sísmico”: dos terremotos de magnitud comparable que se producen en el mismo lugar y casi al mismo tiempo, una rareza que amplifica exponencialmente el daño estructural. El norte de Venezuela no vivía un sismo de esta escala desde 1900, cuando un terremoto de entre 7,6 y 7,7 devastó la zona al este de Caracas. Antes de eso, el terremoto de 1812, de magnitud estimada en 7,7, había destruido prácticamente las mismas regiones.
El Instituto Vulcanológico de Canarias (INVOLCAN) señaló que la peligrosidad sísmica del norte de Venezuela era bien conocida y que la zona afectada ya estaba clasificada como de alta peligrosidad. La actividad de las fallas geológicas que generaron los terremotos había sido investigada en detalle. Los mapas de riesgo existían.
La sacudida se sintió en toda la región: desde ciudades venezolanas como Maracay, Valencia y Barcelona hasta partes del norte de Colombia y la Amazonía brasileña, a más de 1.700 kilómetros de Caracas. El Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico emitió una advertencia preventiva para Aruba, Curazao, Bonaire, la República Dominicana y Puerto Rico; fue cancelada hora y media después.
Lo que los satélites vieron antes de que llegaran los rescatistas
En las primeras horas posteriores al desastre, cuando el aeropuerto de Maiquetía permanecía cerrado por daños estructurales y las comunicaciones eran fragmentarias, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) activó su plataforma de análisis digital rápido, conocida como RAPIDA, desarrollada precisamente para estas situaciones. Con imágenes satelitales de alta resolución y tecnología de sistemas de información geográfica impulsada por inteligencia artificial, la herramienta puede ofrecer una evaluación preliminar de daños dentro de las primeras 72 horas de una crisis.
El resultado de ese análisis, publicado el 26 de junio, ofrece la primera cuantificación sistemática de la catástrofe. Alrededor de 8,6 millones de personas estuvieron expuestas a sacudidas superiores al nivel moderado en el norte del país. De ellas, aproximadamente 2,1 millones experimentaron los niveles de mayor intensidad. El PNUD estima que 1,7 millones de estructuras —viviendas, locales comerciales, edificios públicos— se encontraban en las zonas afectadas.
Los daños físicos directos se calculan en 6.700 millones de dólares, con un rango que va de los 4.700 a los 8.700 millones, impulsados fundamentalmente por las pérdidas en vivienda y activos económicos. Esta cifra equivale a alrededor del 6% del producto interior bruto de Venezuela. Los datos satelitales detectaron también posibles cortes del suministro eléctrico en partes de Carabobo, La Guaira, Caracas y Aragua, a partir de reducciones en la iluminación nocturna registradas después de los terremotos.
“La rapidez y precisión de las evaluaciones iniciales son esenciales para una respuesta efectiva. Herramientas como RAPIDA nos ayudan a tomar decisiones con más velocidad y basadas en evidencia para apoyar a las comunidades afectadas.”
— Luis Francisco Thais, Representante Residente del PNUD en Venezuela
La Guaira, una ciudad hecha polvo
El estado de La Guaira concentró el mayor nivel de destrucción. El ministro del Interior, Diosdado Cabello, informó que más de cien edificaciones habían colapsado solo en ese estado y estimó que más de 70.000 familias habían sido afectadas. Los sectores de Caraballeda y Catia La Mar quedaron entre los más devastados. Imágenes satelitales difundidas el viernes por la firma Vantor mostraban, en comparación con tomas de diciembre de 2025, lo que antes era un paisaje urbano convertido en una planicie de escombros.
En Caracas, el colapso del edificio Petunia — 22 plantas en el municipio Chacao— requirió una de las operaciones de rescate más complejas de las primeras 48 horas. El alcalde del municipio, Gustavo Duque, reportó que 18 personas fueron rescatadas con vida de esa sola estructura. El jefe del contingente chileno de rescatistas, Nadiomar Polanco, fue sin embargo menos esperanzador sobre otras zonas: “Desafortunadamente, el colapso es total y hay pocas probabilidades de encontrar a personas con vida.”
Equipos de El Salvador anunciaron el rescate de una joven de 15 años atrapada en el noveno piso de un edificio colapsado en La Guaira, y de una mujer de 39 años que llevaba más de siete horas entre los escombros. “Lo perdimos todo en segundos. No quedó nada en pie. Solo nos queda esperar que alguien pueda salir con vida”, expresó Giancarlo Farfán, uno de los afectados en Tucacas.
La NASA estima pérdidas o daños en más de 58 mil edificios
Una evaluación preliminar de la NASA, elaborada mediante imágenes radar del satélite europeo Sentinel-1, estima que cerca de 58.870 edificios resultaron dañados o destruidos por el doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio de 2026, en una franja que se extiende desde Caracas hasta Puerto Cabello, a 210 kilómetros al oeste de la capital. El análisis, basado en la comparación de imágenes satelitales previas y posteriores al sismo —el último paso del satélite fue el 25 de junio—, complementa los mapas de deformación del terreno elaborados por la Agencia Espacial Europea y constituye, según la propia NASA, un producto experimental aún no validado cuyas cifras podrían variar. El dato se conoce mientras el balance oficial de víctimas sigue en aumento, con 1.719 muertos y más de 5.000 heridos confirmados hasta el momento, y mientras los equipos de rescate, que ya superan las 72 horas críticas, continúan trabajando entre los escombros de localidades como Caraballeda, en el estado La Guaira, una de las zonas con mayor probabilidad de daño estructural según el mapa interactivo de la NASA.
Un sistema que ya estaba al límite
Los terremotos llegaron a un país que acumula crisis sobre crisis. Venezuela lleva más de una década en contracción económica, con años de hiperinflación, éxodo masivo de población —más de siete millones de emigrantes desde 2015— y un sistema de infraestructuras deteriorado por la desinversión crónica. El sistema hospitalario recibió el primer impacto antes incluso de que terminaran las réplicas: las imágenes de los primeros minutos mostraban pacientes siendo atendidos en pasillos y en la calle.
Según expertos consultados por CNN, la probabilidad de colapso de edificios en Venezuela es considerablemente mayor que en países con zonas sísmicas activas como Japón o California, donde los códigos de construcción son mucho más exigentes y se aplican con rigor.
A esto se suma el contexto político. Venezuela es gobernada desde enero por la presidenta interina Delcy Rodríguez, quien asumió el poder tras la captura del expresidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses. El terremoto encontró a las instituciones en los inicios de un proceso de transición y con capacidades operativas limitadas, todo en un marco de desconfianza ciudadana hacia el gobierno y un mecanismo de tutelaje del gobierno estadounidense que ha anunciado tres fases para abordar la transición: estabilización, recuperación económica y transición política. Se estima que este desastre podría prolongar la fase de estabilización, generando mayor tensión con los sectores políticos de oposición que aspiran a unas elecciones presidenciales para avanzar en la solución de la prolongada crisis y conflicto político de Venezuela, tras el desconocimiento internacional del resultado electoral electoral del 28 de Julio de 2024.
El mundo acude, las cifras crecen
La respuesta internacional fue rápida. Estados Unidos anunció el despliegue de equipos de rescate especializados, aeronaves de evaluación y 150 millones de dólares en ayuda humanitaria. España envió un avión A330 de la Unidad Militar de Emergencias con 59 efectivos, dos ingenieros del Ejército de Tierra y ocho unidades caninas. Francia, México, Chile, El Salvador, Italia, Suiza, Qatar y la República Dominicana también desplegaron equipos. Canadá prometió cinco millones de dólares. Brasil, China y varios países del Caribe anunciaron ayuda humanitaria.
En Canarias, donde los vínculos históricos con Venezuela son profundos, el Gobierno regional declaró luto oficial hasta el lunes 29 de junio. El aeropuerto de Maiquetía continuó cerrado a la aviación comercial este viernes; American Airlines canceló sus vuelos entre Miami y Caracas mientras se evaluaban los daños. Médicos Sin Fronteras coordinó el reparto de botiquines de traumatología entre los hospitales locales.
Este esfuerzo de cooperación internacional ha reforzado los esfuerzos e iniciado a perfilar una respuesta por parte de rescatistas y otros esfuerzos humanitarios. No obstante, la magnitud de la situación sigue exigiendo más recursos.
Los mapas de riesgo que nadie quiso aplicar
El norte de Venezuela es una de las zonas sísmicas más activas de América del Sur, resultado de la interacción entre las placas del Caribe y Sudamericana. El sistema de fallas que presumiblemente generó los terremotos del 24 de junio había sido investigado en detalle. Los terremotos de 1812 y 1900 habían afectado prácticamente las mismas zonas con magnitudes similares. La región había experimentado además un doblete sísmico previo en septiembre de 2025, de magnitudes 6,2 y 6,3, que causó al menos un muerto y más de 110 heridos: una señal de que el sistema de fallas seguía activo.
Décadas de construcción sin normas antsísmicas rigurosas, de asentamientos en zonas de alta exposición y de falta de inversión en infraestructuras resistentes han convertido lo que podría haber sido una emergencia grave en una catástrofe generacional. Las estimaciones del PNUD subrayan que el impacto económico total —daños directos, disrupción económica y costes de reconstrucción— se calcula habitualmente entre 1,5 y 3 veces el valor de los daños físicos directos. Aplicando ese multiplicador, Venezuela podría enfrentar una factura de entre 10.000 y 20.000 millones de dólares.
“Cada crisis representa una oportunidad para replantear las estrategias de desarrollo colocando la resiliencia en el centro. La recuperación no solo debe restablecer lo perdido, sino construir un futuro más sostenible.”
— Luis Francisco Thais, PNUD Venezuela
Son palabras de rigor diplomático ante un escenario de devastación. Venezuela acaba de sufrir el peor terremoto de su historia en más de cien años. Los escombros todavía guardan a sus muertos.
