La psicopatología del poder: el entramado venezolano en el diván

Un análisis desde la psicología sobre las dinámicas del poder, los pactos de conveniencia y el impacto del trauma colectivo en la Venezuela actual

El panorama político y social que vive actualmente Venezuela no es solo la crónica de un desconcierto que se respira en las calles del país y en cualquier lugar del mundo donde haya un venezolano. Es también una radiografía de un síntoma colectivo.

Cuando la política se vuelve extraña, contradictoria y aparentemente irracional, deja de responder a la lógica convencional para adentrarse en las dinámicas del inconsciente, las estructuras del trauma y las perversiones del poder.

Imagen creada con IA

Para intentar desenredar este complejo entramado —donde convergen Donald Trump, el entorno que quedó tras la captura de Nicolás Maduro, la permanencia de figuras como Diosdado Cabello y otros señalados integrantes del llamado Cártel de los Soles, así como el papel de María Corina Machado, suspendida en una tensa espera— resulta útil recurrir a algunas herramientas que ofrece la psicología.

¿Alianza o conchupancia?

La primera pregunta es inevitable: ¿lo que existe en las altas esferas es una verdadera alianza o simplemente una conchupancia?

Desde la psicología, la respuesta apunta hacia una estructura perversa.

Aquí la perversión no debe entenderse como una desviación moral, sino como un pacto en el que las reglas comunes —la justicia, el debido proceso y la institucionalidad— quedan suspendidas en favor de un objetivo compartido: preservar el control sobre el objeto de deseo, que en este caso es el país y sus recursos.

Dos fuerzas que, en teoría, deberían rechazarse mutuamente terminan funcionando juntas.

Por un lado, el pragmatismo radical estadounidense; por el otro, los remanentes de una estructura criminal local.

Lo que las mantiene unidas es esa “saliva de loro” de la conveniencia mutua.

Todos saben quién es quién.

Trump sabe con quién negocia. Ellos saben perfectamente quién es Trump y de qué es capaz.

Sin embargo, ambos actúan como si nada de eso importara mientras el acuerdo les permita sostener un equilibrio precario.

“Es un pacto de negación en el que todos saben quién es quién, pero actúan como si no importara.”

El lugar de María Corina Machado

Surge entonces otra pregunta.

¿A María Corina Machado la protegen o le temen?

La respuesta parece clara: le temen.

Ella representa un elemento que permanece fuera del pacto. Es una variable que no pueden controlar.

Cuando se le pide que “espere su turno”, bajo la promesa paternalista de que otros construirán tiempos mejores, lo que realmente ocurre es un ejercicio de castración política.

Se la mantiene al margen porque rompe la simetría del acuerdo.

Su incorporación alteraría el reparto del poder, del control político y de los recursos, especialmente en un momento en que el país atraviesa una situación de extrema vulnerabilidad tras los recientes terremotos.

El terremoto físico es evidente.

Pero el verdadero temor de quienes participan en ese pacto parece ser otro: el posible terremoto social que podría provocar una figura ajena a esa lógica de conveniencias.

Narcisismo y psicopatía: dos dinámicas que se necesitan

En este escenario, Trump opera desde un narcisismo primario.

Busca victorias rápidas, acuerdos visibles, fotografías que proyecten éxito y una constante validación de su poder.

Las figuras que permanecen en Venezuela, en cambio, actúan desde una lógica distinta: la psicopatía de la supervivencia.

Ambos perfiles terminan siendo funcionales entre sí.

Al narcisista no le preocupa la moralidad de sus aliados mientras estos resulten útiles para su narrativa.

Al psicópata le importa poco la humillación del acuerdo mientras este le permita conservar su territorio y mantener el control.

Es, en definitiva, la atracción entre dos sombras.

El costo humano

Mientras estas transacciones ocurren en las alturas del poder, abajo la realidad es otra.

Hay un país golpeado por terremotos, una economía profundamente herida y millones de ciudadanos enfrentando la incertidumbre cotidiana.

Allí aparece una nueva fractura: la disociación colectiva.

El ciudadano común experimenta sentimientos contradictorios.

Por un lado, el alivio —casi culposo— de ver desaparecer a algunos de los principales responsables del desastre nacional.

Por otro, el miedo de descubrir que quienes permanecen administrando el “nuevo orden” son, en esencia, los mismos ejecutores de siempre bajo un mando distinto.


El silencio nunca es la respuesta

¿Corresponde callar y agradecer?

La respuesta es no.

El silencio constituye el principal alimento de los pactos perversos.

Nombrar aquello que resulta extraño, contradictorio o incomprensible ya representa un acto de resistencia y, al mismo tiempo, un ejercicio de sanación frente a la locura inducida por el poder.

Este entramado merece ser llevado al diván.

Pero también conviene recordar que el inconsciente colectivo termina despertando cuando el sufrimiento acumulado ya no puede ocultarse con discursos, promesas, rosas… ni con saliva de loro.

Sigamos pensando en voz alta.

Quizá esa sea la única manera de no volvernos locos.