Venezuela ante el dilema del dólar

La dolarización vuelve a ocupar el centro del debate económico venezolano. La propuesta de dolarizar oficialmente la economía, impulsada por el diputado Antonio Ecarri, incluyó conversaciones con el economista estadounidense Steve Hanke para evaluar un proyecto en esa dirección.

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La reacción del gobierno fue inmediata. El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, calificó la iniciativa de “absurda” y la desestimó.

Sin embargo, más allá de la confrontación política, existe una realidad económica difícil de ignorar: Venezuela lleva años viviendo una dolarización informal provocada, en buena medida, por el colapso de su propia moneda.

Catorce ceros menos

El bolívar no fue sustituido de un día para otro. Fue pulverizado gradualmente.

En 2008, durante el gobierno de Hugo Chávez, se eliminaron tres ceros y nació el llamado bolívar fuerte. Apenas una década después, en 2018, la hiperinflación obligó a eliminar cinco ceros más y crear el bolívar soberano. En 2021 se eliminaron otros seis ceros con la introducción del bolívar digital.

En total, las reconversiones monetarias de 2008, 2018 y 2021 retiraron 14 ceros a la moneda venezolana.

Pero quitar ceros no crea valor. Solo cambia la manera de escribirlo y puede disimular temporalmente la magnitud del deterioro.

El problema de fondo fue la pérdida de confianza.

Durante años, los controles cambiarios, la emisión monetaria, los déficits fiscales y la caída de los ingresos petroleros alimentaron una brecha creciente entre el tipo de cambio oficial y el paralelo.

El mercado negro del dólar terminó funcionando como un mecanismo alternativo para determinar el verdadero valor del bolívar. El propio Fondo Monetario Internacional ha documentado la estrecha relación entre la inflación venezolana y la depreciación del tipo de cambio.

Para 2018 ya era evidente la dolarización de facto. Hoy Venezuela funciona como una economía bimonetaria, aunque el bolívar continúa siendo la moneda oficial.

La pregunta, por tanto, no es simplemente si Venezuela debe dolarizarse. Es si debe formalizar una realidad que ya existe.

Los beneficios y el costo de abandonar el bolívar

Los argumentos a favor de una dolarización formal son poderosos.

Una dolarización plena eliminaría el riesgo de nuevas devaluaciones y reduciría drásticamente la capacidad del gobierno de financiar déficits mediante la emisión monetaria. También podría contribuir a disminuir la inflación, facilitar la planificación empresarial, reducir los costos de transacción y recuperar parte de la confianza perdida.

Para una población que ha visto desaparecer sus ahorros en varias ocasiones, la estabilidad de una moneda fuerte tendría además un enorme valor económico y psicológico.

Pero dolarizar no equivale a reconstruir la economía.

El principal costo sería renunciar a una política monetaria propia. Venezuela ya no podría devaluar su moneda para absorber determinados shocks ni utilizar las tasas de interés o la emisión monetaria como instrumentos de política económica.

Tampoco tendría un banco central capaz de actuar como prestamista de última instancia de la misma manera que un país con moneda propia.

Existe, además, una cuestión de competitividad. Si el dólar se fortalece frente a otras monedas, los productos venezolanos no petroleros podrían encarecerse en los mercados internacionales. Esa preocupación ha sido planteada por economistas venezolanos que consideran que la dolarización podría dificultar la diversificación productiva.

También hay una dimensión política que no debería minimizarse.

El bolívar representa soberanía monetaria. Pero una moneda nacional sin credibilidad puede convertirse en una herramienta de empobrecimiento, como ya lo ha experimentado Venezuela.

La verdadera independencia económica no consiste necesariamente en imprimir una moneda propia. Consiste en tener instituciones capaces de proteger el valor del dinero, controlar el gasto público, garantizar los contratos y generar confianza.

Por eso, el argumento más sólido no debería ser “dólar sí” contra “bolívar no”.

La pregunta debería ser otra: ¿qué régimen monetario ofrece mayores posibilidades de estabilidad, crecimiento y protección para los venezolanos?

Una moneda no sustituye las reformas

Formalizar la dolarización podría ser viable si se incorpora a una reforma económica mucho más amplia.

Esa transformación tendría que incluir disciplina fiscal, independencia institucional, transparencia del Banco Central, saneamiento del sistema financiero, seguridad jurídica, apertura a la inversión y recuperación de la producción petrolera y no petrolera.

Sin esas condiciones, cambiar el signo monetario terminaría por ser otro gesto vacío.

Venezuela ya hizo el experimento de defender el bolívar a cualquier costo. El resultado fue una moneda que perdió buena parte de su función como reserva de valor y que hoy sobrevive junto al dólar por razones más legales que económicas.

La prioridad debería ser recuperar el valor del trabajo y del ahorro de los venezolanos.

Si eso se consigue mediante un bolívar reformado y blindado institucionalmente, será una victoria nacional. Si la única alternativa creíble es adoptar el dólar, también debería poder discutirse sin tabúes.

Porque el debate de fondo no es sobre el nombre que aparece en los billetes. Es sobre algo mucho más importante: cómo devolverle a los venezolanos la confianza en el dinero que ganan, ahorran y utilizan para construir su futuro.