Hoy 13 de septiembre Acción Democrática cumple 85 años. Pocas organizaciones políticas latinoamericanas exhiben una trayectoria tan larga y tan ligada a la construcción de un país, a la vez tan atravesada por conflictos, aciertos, errores y esperanzas. Para mí, este aniversario tiene un significado histórico y también familiar: mis dos abuelos acompañaron aquel proyecto desde sus inicios, cada uno desde su propia vocación de servicio público.
Para mi abuelo José Nucete Sardi, quien ya para 1941 había iniciado un recorrido como funcionario diplomático y en la transición que vivía entonces el país, AD fue el instrumento para impulsar la verdadera democratización de Venezuela; una política exterior que fortaleciera nuestra soberanía; el multilateralismo y la integración latinoamericana; la defensa de los derechos humanos, y un Estado que hiciera de la educación pública herramienta de igualdad de oportunidades. Fue constituyente por Mérida en 1946, embajador durante los gobiernos de Gallegos, Betancourt y Leoni, y en la presidencia de este último, también fue gobernador de Mérida. Tras el derrocamiento de Gallegos, permaneció como embajador en Cuba y protegió a los exiliados venezolanos acogidos por Carlos Prío Socarrás, hasta que Fulgencio Batista dió el golpe de estado, los expulsó a todos y le retiró las credenciales diplomáticas a mi abuelo. Durante la dictadura de Pérez Jiménez fue, junto con Carlos Morales, vicepresidente del Bloque Democrático Nacional, brazo legal de AD en la clandestinidad, lo que le costó persecución, cárcel y destierro: la democracia no era para ellos una abstracción, sino una causa que se pagaba con costos personales.
Para mi abuelo Leopoldo “Polito” Martínez Olavarría, AD fue el vehículo político para canalizar su pasión por la vivienda popular y el hábitat en una democracia con justicia social. Desde sus responsabilidades y en la Presidencia del Banco Obrero trabajó con los gobiernos de Gallegos, Betancourt y Leoni, dejando huella en decenas de miles de viviendas por todo el país: entendía que la democracia también se construía con un hogar digno y oportunidades para la familia trabajadora.
Una extraordinaria partida de bautismo
La partida de bautismo político de AD lleva las firmas de algunas de las figuras civiles más relevantes del siglo XX venezolano. La asamblea constitutiva se reunió el 11 de mayo de 1941 en la residencia de Rómulo Gallegos, y el partido se presentó públicamente cuatro meses después, el 13 de septiembre, en el Nuevo Circo de Caracas. Allí convergieron Rómulo Gallegos, Rómulo Betancourt, Andrés Eloy Blanco, Raúl Leoni, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Alberto Carnevali, Antonio Pinto Salinas, Leonardo Ruiz Pineda, Gonzalo Barrios y una verdadera constelación de estrellas del mundo intelectual, sindical, estudiantil, profesional y popular, decididos a transformar una sociedad marcada por el caudillismo, el atraso rural, el analfabetismo y la debilidad institucional.
Betancourt llegó a decir que la obra más importante de su vida había sido fundar AD. Con sus aciertos y desaciertos, el partido se convirtió en el gran partido de masas de la modernización democrática venezolana y en uno de los ejes de la democracia representativa que, a partir del Pacto de Puntofijo, lideró la nacionalización de la industria petrolera y del hierro, y la transformación social y económica de la vida nacional hasta que su deterioro abrió el camino a la deriva autoritaria y empobrecedora del régimen que domina a Venezuela desde hace 27 años.
Mi propia historia en AD
En Acción Democrática estuvieron mis inicios en la política, inspirado en las mismas luchas e ideas por las que mi familia abogaba. Trabajé en la Secretaría de Asuntos Municipales con Rafael Marín Jaén, formé parte de los cuadros vinculados a Marco Tulio Bruni Celli y Reinaldo Leandro Mora, y me formé cerca de Carmelo Lauría, de quien fui asesor durante una década.
Más adelante fui subcoordinador de las Jornadas Programáticas de AD lideradas por Paulina Gamus y jefe de la Unidad Nacional de Independientes con AD entre 1997 y 1998. En esas elecciones presidenciales trabajé de cerca con el Secretario General y luego candidato presidencial Luis Alfaro Ucero, siendo yo mismo candidato del partido al Congreso Nacional por Mérida, razón por la lo cual desarrollé una amistad y relación de trabajo con Williams Dávila, entonces gobernador: por todo lo anterior, fui testigo de excepción de uno de los momentos más turbulentos de la historia reciente de AD.
La crisis que siguió a la derrota electoral de 1998, cuando Hugo Chávez llegó a la Presidencia, me llevó a escoger otra ruta política, desafiando el consejo de mi padre, Bernardo “Naco” Martínez Acosta, empresario y militante leal de AD que había ejercido responsabilidades de primer orden durante los gobiernos de Leoni, Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi —Secretario de Gobierno del Distrito Federal, Viceministro de Empresas Básicas, Interventor del Banco de los Trabajadores de Venezuela, Presidente del Banco Industrial de Venezuela y director del Banco Central—. Para quienes lo conocieron fue una referencia de honestidad y servicio público, con vocación orientada al fomento de un empresariado nacional sólido, el fortalecimiento de las empresas básicas y el acceso al crédito como motor del desarrollo nacional.
Muchas veces me he preguntado qué habría ocurrido si, después de ser electo diputado independiente en el año 2000, hubiese escuchado el consejo de mi padre y decidido regresar a Acción Democrática en lugar de continuar por el camino que recorrí hasta 2005. Es una pregunta personal, pero también política que se hicieron —y todavía se hacen— por sus propias razones muchos otros de mi generación con respecto a su relación con AD. Las decisiones individuales como la mía forman parte de los procesos de dispersión, reagrupamiento y búsqueda que vivió toda una generación política venezolana.
Hoy día, regresando al país después de 21 años de exilio, y sin otro vínculo actual con AD que el afectivo, destaco que hay que reconocer la resistencia del partido bajo el liderazgo y tesón de Henry Ramos Allup —amigo y compañero a cuya brillantez parlamentaria debo la defensa de mi inmunidad como Diputado hasta 2005—, pero también pienso que aquellas banderas, las de mis abuelos y las de mi padre, los temas de mi propio recorrido político nacional, como asesor, parlamentario y el trabajo en las jornadas programáticas del partido, siguen siendo prioridades centrales para el país; que AD debe retomar desde su identidad histórica fortaleciendo además la presencia de nuevas generaciones de liderazgo en todo el país, formados para seguir haciendo historia.
La herida de la judicialización
La resiliencia de AD y la resistencia de sus militantes durante casi tres décadas de autoritarismo han sido fundamentales para preservar el legado del llamado partido del pueblo. Sin embargo, AD carga hoy con una herida artera que no puede ignorarse: la intervención judicial fue una maniobra censurable urdida para fracturarla y debilitar una institución histórica de la democracia, vulnerando la autonomía de un partido que pertenece a su militancia y al patrimonio democrático de la nación. Pero esto no debe convertirse en descalificación generalizada e indiscriminada: más allá de quienes urdieron y ejecutaron la maniobra, hay gente valiosa de lado y lado —militantes, servidores públicos, dirigentes regionales— que siguen identificándose con los valores de AD y aspiran al gran reencuentro que el partido y Venezuela necesitan. Y más aún, hay quienes todo esto los ha marginado del activismo o la participación en el que consideran su partido. El asunto es particularmente relevante cuando la segunda ronda de negociaciones entre las delegaciones de las Asambleas del 2015 y el 2026 se reinician esta semana con el tema de las garantías políticas en su agenda.
Superar esta herida exige verdad y firmeza, pero también generosidad política: no puede haber reconciliación sobre la base del silencio, pero tampoco reconstrucción si cada diferencia individual se convierte en condena perpetua. Hace falta propiciar el gran reencuentro de la familia adeca y, en sentido más amplio, de la familia socialdemócrata venezolana hoy dispersa en distintos partidos e incluso apartada de la política: reivindicar la historia de AD sin convertirla en pieza de museo; reconocer su obra sin eludir sus errores; y abrir espacio a una nueva generación. No es regresar nostálgicamente al pasado, sino recuperar lo que todavía puede ofrecer respuestas para el futuro.
Una nueva convocatoria
La idea de un partido policlasista, reivindicativo y nacionalista, que abrace la diversidad del país entero, conserva extraordinaria vigencia. Venezuela necesita una fuerza capaz de articular al campesino y al trabajador, al joven profesional o emprendedor y al empresario, al servidor público y a quienes forman parte de nuestra extensa diáspora: hacer buena la proclama que define al partido como una “alianza orgánica de clases sociales” para lograr una sociedad próspera y democrática con justicia social.
Una fuerza que vuelva a colocar las prioridades del pueblo en el centro de la política, entendiendo que la prosperidad requiere inversión privada, seguridad jurídica y apertura al mundo: una socialdemocracia moderna, con una fórmula que conserva su pertinencia —tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario—, comprometida con la descentralización de la vida pública. El Estado debe garantizar educación, salud e igualdad de oportunidades sin convertir la gestión pública en clientelismo; el mercado debe generar riqueza, recuperar el valor del salario, y la movilidad social dentro de un orden jurídico que evite privilegios. Ese equilibrio podría servir de base para una gran alternativa popular, democrática y reformista.

La obra que todavía habla
Varias veces he imaginado que, si la familia adeca colocara una valla o letrero en cada escuela, hospital, acueducto, universidad, urbanización popular, obra pública, autopista o carretera construida durante los gobiernos de AD y que todavía permanece en pie —muchas veces a pesar del abandono de las últimas décadas—, se produciría una formidable jornada de educación histórica y un enorme contraste con lo ocurrido en los últimos 27 años.
No sería un acto de propaganda, sino una manera de recordar a las nuevas generaciones que Venezuela alguna vez tuvo capacidad para imaginar, financiar y ejecutar grandes proyectos, y que la democracia, con todas sus imperfecciones, produjo resultados concretos. También permitiría comprender por qué aquella experiencia se agotó: una organización demuestra madurez cuando puede defender lo que hizo bien y, a la vez, aprender de lo que hizo mal.
Volver a encontrarnos
Esta es más que una reflexión personal: es una convocatoria que, estoy seguro, resuena en muchos con quienes hablo a diario sobre el desafío venezolano. La respuesta que el país busca no es reproducir la AD del pasado, sino reencontrarse con sus mejores banderas: la organización popular, la democracia política, la justicia social, la vivienda popular, la educación pública, la descentralización y calidad de los servicios públicos, la integración latinoamericana, la defensa de la soberanía y el fomento de una economía productiva con un empresariado nacional competitivo más allá de nuestro potencial petrolero y minero. Todo esto en medio de una necesaria transición política a la democracia, pero también los desafíos y las oportunidades económicas para una sociedad como la nuestra, con la emergencia de la inteligencia artificial y demás transformaciones tecnológicas que avanzan en el mundo.
A sus 85 años, Acción Democrática tiene derecho a mirar con orgullo su historia. Pero tiene, sobre todo, el deber de interrogarse sobre su futuro más allá del asunto de recuperar sus símbolos electorales. El mejor homenaje a quienes la fundaron es convocar al reencuentro, reparar las heridas, abrir las puertas a una nueva generación y convertir esa memoria en una nueva propuesta democrática con justicia social para Venezuela.
