“¡Señora Delcy, señora Delcy!”

La voz del periodista venezolano que representó a un país

Decidir el título con el que debe tratarse a la persona que actualmente está a la cabeza del Poder Ejecutivo venezolano se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para el periodismo internacional. ¿Es presidenta interina? ¿Es presidenta encargada? ¿Debe ser llamada vicepresidenta, que era el cargo que ejercía cuando asumió las funciones presidenciales? ¿Con cuál base de legitimidad (o ilegitimidad) ocupaba la vicepresidencia?

En medio de esa duda razonable ocurrió esta semana una escena que probablemente pasó inadvertida para buena parte del mundo, pero que para muchos venezolanos tiene un significado contundente.

A las puertas de las Naciones Unidas, en Nueva York, varios periodistas esperaban a Delcy Rodríguez cuando salió del edificio. Intentaban conseguir una declaración, lanzándole preguntas mientras caminaba. La mayoría trataba de ganar su atención gritando “¡Presidenta! ¡Presidenta!”, en esa competencia periodística que se produce cuando una figura política intenta escapar de los micrófonos.

Foto: José Pernalete

Pero entre aquellas voces, un reportero lanzó: “¡Señora Delcy! ¡Señora Delcy!”. Era José Pernalete, periodista venezolano que cubría para Martí Noticias.

Periodismo encadenado

Para quienes hemos ejercido el periodismo en Venezuela y conocemos las historias retorcidas que puede haber detrás de cada palabra, no fue un detalle menor.

Compartimos con Pernalete responsabilidades en la directiva del Colegio Nacional de Periodistas durante la presidencia de Silvia Alegrett.

Eran los años en los que el oficio comenzaba a experimentar con crudeza el significado de trabajar para un medio crítico en la Venezuela revolucionaria. Y para quienes veníamos de Radio Caracas Televisión, la experiencia era todavía peor.

Fue en RCTV donde tuve la oportunidad de comenzar a formarme profesionalmente. Pernalete, por su parte, fue durante años una figura habitual en las pantallas de los hogares venezolanos, gracias a esa pantalla.

El 27 de mayo de 2007, después de 53 años de transmisiones, el entonces presidente Hugo Chávez sacó a la televisora del aire. Cinco meses antes, había anunciado que el gobierno no renovaría su concesión. El cierre fue denunciado internacionalmente y se convirtió en uno de los golpes más emblemáticos a la libertad de prensa en Venezuela.

Espacio Público calcula que la desaparición de RCTV afectó a unas 8.000 personas, entre trabajadores directos e indirectos. Pero el impacto fue mucho mayor que el número de empleos perdidos.

Según la misma organización, los ataques y procedimientos administrativos contra Globovisión terminaron conduciendo a la venta del canal, mientras Televen y Venevisión suavizaron sus líneas editoriales para evitar consecuencias similares. Se redujeron o desaparecieron programas de opinión, entrevistas y espacios de análisis, y la cobertura del acontecer nacional perdió terreno.

Fue una señal para todo el país. El cierre logró su cometido, detonar la autocensura.

Espacio Público documenta también que durante las últimas dos décadas cerraron al menos 423 medios de comunicación: 330 emisoras de radio, 87 medios impresos y 19 canales de televisión. La organización advierte que en esta cifra confluyen medidas administrativas, particularmente de Conatel, y las dificultades económicas que golpearon al sector.

La CIDH, utilizando información pública, habla de aproximadamente 400 medios cerrados en las últimas dos décadas. En internet, registra al menos 206 dominios bloqueados, entre ellos 65 portales de medios de comunicación.

Y la historia no terminó con Nicolás Maduro. La propia CIDH ha documentado que en 2026 continúan los cierres arbitrarios de emisoras y otras medidas administrativas que afectan el pluralismo informativo. Espacio Público suma 170 violaciones a la libertad de expresión en lo que va de 2026.

La organización también registra al menos 477 casos de periodistas y trabajadores de medios forzados al exilio entre 2018 y 2024.

¡Señora Delcy, Señora Delcy!

Lo ocurrido en Nueva York no fue simplemente una discusión sobre un tratamiento protocolar.

Delcy Rodríguez llegó a la Vicepresidencia Ejecutiva designada por Nicolás Maduro. Continuaba ejerciendo ese cargo cuando, en enero de 2026, asumió las funciones presidenciales después de la aparatosa salida de Maduro del poder.

Pero el problema de legitimidad data de antes.

Maduro fue proclamado ganador de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 por el Consejo Nacional Electoral. Sin embargo, el CNE nunca publicó los resultados desagregados que permitieran verificar esa proclamación. El Centro Carter, que observó los comicios, concluyó que no podía verificar ni corroborar el resultado anunciado y sostuvo que las actas disponibles demostraban una victoria clara de Edmundo González Urrutia.

Por eso, para muchos venezolanos, el problema no se limita al título que debe utilizar un periodista. Tiene que ver con la legitimidad de quienes ejercen el poder y con el deber de cuestionar.

En ese contexto, las palabras de Pernalete adquieren otra dimensión. No necesitó entrar en la compleja discusión jurídica y política que desconcierta a los medios internacionales. Encontró una solución más sencilla: la llamó por su nombre.

Y lo hizo desde la posición que durante décadas ha sido una de las más incómodas para el poder venezolano: la de un periodista preguntando.

Porque el periodismo también consiste en llamar a las cosas por su nombre.

Y cuando durante años el poder ha tejido una intrincada narrativa de espejos y humo para disfrazar su cuestionabilidad, escoger las palabras es un temible y temido ejercicio de señalamiento.

En este caso, lo hizo un periodista venezolano que asumió la misión de ser la voz de sus compatriotas en un escenario mundial.

Gracias, Pernalete.