Llegué como periodista. Lloré como venezolano.

Nunca imaginé que la cobertura más difícil de mi carrera sería en el país donde nací.

El 24 de junio de 2026 me despertaba de una siesta después de haber trabajado en Edición Digital. Era un día normal dentro de un ciclo de noticias. Hasta que dejó de serlo.

En cuestión de minutos comenzaron a llegar llamadas, mensajes y videos. Venezuela acababa de ser sacudida por dos terremotos, la catástrofe mas grande que ha tenido el país. Antes de pensar como periodista, pensé como venezolano.

Empecé a llamar desesperadamente a mis seres queridos.

Uno a uno fueron respondiendo. Poco a poco confirmé que estaban bien. Hasta que llegué al nombre que más necesitaba escuchar.

Nicola.

Lo llamé una vez. Después otra. Y otra más.

Pasaron más de veinte minutos sin saber de él, pero pareció como si fuesen horas. Cada minuto de silencio se convirtió en angustia. Mientras seguía llamándolo, en mi teléfono aparecían videos de edificios colapsados, personas corriendo por las calles y un país que todavía no entendía la magnitud de lo que acababa de ocurrir.

Cuando finalmente contestó, caí en llanto.

En ese momento supe que mi familia y la persona que quería estaban bien.

Respiré profundo, me limpié las lágrimas y volví a ponerme la gorra de periodista.

Camino al canal recibí una llamada de mi jefa.

—¿Puedes ir a Venezuela a cubrir lo que acaba de suceder?

Con el corazón y la mente todavía en llanto respondí con un rotundo sí.

No tuve que pensarlo.

La madrugada siguiente comenzó el viaje. A las 2:45 de la mañana salimos rumbo al aeropuerto para tomar un vuelo desde Miami hacia Bogotá y, desde allí, otro hacia Valencia. No sabíamos exactamente con qué nos íbamos a encontrar al aterrizar.

En ese avión no viajábamos solamente periodistas. También había personas que regresaban desesperadamente porque llevaban horas sin saber de sus familiares. Algunos no sabían si quienes amaban seguían con vida o permanecían atrapados bajo los escombros.

Todos compartíamos la misma incertidumbre.

Nuestra primera parada fue Los Palos Grandes.

Semanas antes yo mismo había pasado por esas calles. Por eso el impacto fue todavía mayor. Lo que conocía había cambiado por completo.

Jóvenes, vecinos, voluntarios y miembros de Protección Civil removían escombros con las manos intentando rescatar personas. No esperaban instrucciones. No preguntaban quién necesitaba ayuda. Simplemente ayudaban.

Al día siguiente comenzó una rutina que repetiríamos durante toda la cobertura.

A las cinco de la mañana ya estábamos listos para salir al aire. Tuve el privilegio de producir a Luis Carlos Vélez durante esos días para N+Univision. Comenzábamos con Despierta América, seguíamos con La Voz de la Mañana y continuábamos con Edición Digital. Cuando terminaban esos programas, nuestra jornada apenas empezaba.

Nos montábamos nuevamente en el carro para recorrer Caracas, La Guaira, hospitales, refugios y edificios colapsados buscando las historias que teníamos que contar. A las seis de la tarde regresábamos al aire con Línea de Fuego, el programa en vivo de Luis Carlos Vélez. Solo después de esa transmisión podíamos empezar a pensar en regresar al hotel. Eran jornadas que comenzaban antes del amanecer y terminaban entrada la noche.

Ese viernes salimos hacia La Guaira.

Llegar no fue sencillo. La cantidad de personas intentando entrar para ayudar hacía que el tránsito fuera un caos y, en medio del trayecto, tuvimos un pequeño choque.

Cuando finalmente llegamos entendimos la dimensión de lo que estaba ocurriendo.

Había edificios colapsados por todas partes. En unos trabajaban rescatistas. En otros, vecinos que simplemente habían decidido ayudar porque no podían quedarse de brazos cruzados.

Mientras recorríamos la zona, Luis Carlos me hizo un comentario que no he podido olvidar.

Me contó que había cubierto el terremoto de Haití y que, aun así, lo que estaba viendo ese día en La Guaira le parecía peor.

Escuchar eso de alguien que ya había cubierto una tragedia de esa magnitud me hizo entender todavía más la dimensión de lo que teníamos frente a nosotros.

Fue en medio de ese recorrido cuando encontramos a unos hermanos sentados frente a uno de los edificios colapsados, Jason y Ariagni.

Nos acercamos para entrevistarlos.

Nos contaron que estaban allí desde las cinco de la mañana del día del terremoto esperando noticias de su familia.

Durante la entrevista nos señalaron el cuerpo que los rescatistas acababan de sacar envuelto en unas sábanas.

Era su tía.

Después nos dijeron que su tío seguía atrapado bajo los escombros y que lo único que podía verse era uno de sus brazos. Sus primas continuaban desaparecidas.

Mientras hacía esa entrevista tuve que contener las lágrimas.

Sentía un profundo dolor por ellos.

Pero no podía quebrarme delante de ellos.

Mi manera de ayudar era mostrando lo que estaba pasando.

La Guaira nos mostró el dolor más crudo de esa semana.

La cobertura continuó en distintos puntos de Caracas, donde cada lugar tenía una historia distinta que contar.

Uno de ellos fue el edificio Don Pepe.

Allí conocimos a dos vecinas y mejores amigas que habían quedado atrapadas bajo una pared de concreto cuando el edificio colapsó. Linda Belisa Pérez Colmenares y Migdalia del Rosario Carroz Guitierrez, permanecieron allí durante horas y, con la poca señal que lograban captar desde debajo de los escombros, consiguieron comunicarse con la hija de una de ellas.

Uno de esos mensajes quedó grabado para siempre.

“Pa, estamos aquí, apartamento doce, piso dos, y en el apartamento diecisiete hay una pareja, piso tres. Sáquenos de aquí, por favor.”

Contra todo pronóstico, ambas sobrevivieron con apenas algunos rasguños.

Cada lugar al que llegábamos tenía una historia distinta.

En el Hospital Miguel Pérez Carreño, las paredes a las afueras del hospital estaban cubiertas de nombres y fotografías de personas desaparecidas. Algunas personas recorrían las listas buscando a sus seres queridos. Otras permanecían en la sala de espera esperando cualquier información sobre quienes estaban siendo atendidos.

Mientras estábamos allí, una pickup llegó hasta la entrada. En la parte trasera venía un hombre completamente cubierto de tierra, con una herida en la cabeza, pidiendo ayuda mientras era ingresado al hospital.

En otra de nuestras coberturas, en el Hospital Domingo Luciani, justo después de terminar un enlace para Esta Semana, un médico salió completamente solo para recibir cuatro cajas de insumos médicos que acababan de llegar.

Luis Carlos, el equipo de seguridad que nos acompañaba y yo dejamos por unos minutos las cámaras para ayudarlo a cargarlas hasta dentro del hospital.

Fue uno de los pocos momentos en los que pude ayudar físicamente durante toda la cobertura.

Otro día, mientras nos preparábamos para salir al aire desde una zona donde había familias damnificadas, una voluntaria se nos acercó. Había llevado treinta comidas para repartir y nos preguntó si creíamos que serían suficientes.

Le respondí que, por la cantidad de personas que había allí, probablemente no le alcanzarían.

Luis Carlos y yo le entregamos nuestros cachitos para que pudiera repartirlos también.

Durante esos días también conocimos a Fiorela, quien dedicaba su tiempo a ayudar a familias que habían perdido sus hogares en la Misión Vivienda. Mientras los adultos intentaban entender cómo iban a reconstruir sus vidas, ella organizaba juegos y actividades para que los niños pudieran distraerse por un momento.

Le preguntamos por qué había decidido pasar sus días allí.

Su respuesta fue inmediata.

“Porque a mi familia no le pasó nada no significa que no pueda ayudar a Venezuela.”

También conocimos a un joven que, con lágrimas en los ojos, nos dijo que entendía perfectamente lo que esos niños estaban viviendo porque él mismo había sobrevivido a la tragedia de Vargas de 1999.

Lo que él podía hacer ahora era acompañarlos y regalarles un poco de alegría en medio de tanto dolor.

En otro refugio encontramos a Félix, un profesor que también había quedado damnificado. Aun así, les daba clases a dos niñas que tampoco querían quedarse atrás en sus estudios.

Le preguntamos por qué, en medio de una tragedia como esa, había decidido seguir enseñando.

Su respuesta fue inmediata.

“Porque siento que no estoy haciendo nada y tengo que aportar algo. Aquí hay demasiados niños que pueden aprender. Podemos aprovechar este tiempo y enseñarles.”

Al terminar la entrevista Luis Carlos le dijo tenía un corazón muy grande.

Sonrió y respondió:

“Así somos todos los venezolanos… Esa fue la educación que me dieron mis padres.”

Historias como esas nos acompañaron durante toda la semana.

No todas las historias terminaron con esperanza.

Algunas seguían esperando una respuesta.

San Bernardino fue uno de esos lugares.

Entrar a la zona de uno de los edificios colapsados ha sido uno de los momentos más difíciles.

El sonido de los taladros intentando abrirse paso entre el concreto era constante. El olor que se respiraba es algo que sé que nunca voy a olvidar. A pocos metros, familias enteras seguían esperando noticias de quienes permanecían bajo los escombros.

Los llantos desesperados se mezclaban con el ruido de las máquinas.

Durante toda esa semana intenté contener las emociones frente a cada entrevista. Sentía dolor por muchas de las personas con las que hablábamos, pero entendía que mi trabajo era escucharlas y contar sus historias.

Solo hubo un momento en el que no pude contenerme.

Una noche, después de terminar una de esas jornadas, Nicola me busco en el hotel.

Y en su carro, lloré sacando todo lo que tenia por dentro de todo lo que habría presenciado. 

Fue la única vez durante toda la cobertura que bajé la guardia.

Llegó el momento de regresar a Miami.

Después de una semana y dos días recorriendo Caracas, La Guaira, hospitales, refugios y edificios colapsados, lo único que quería era llegar a mi casa.

Quería acostarme en mi cama.

Necesitaba estar solo.

Durante esos días también quedó expuesta una realidad que los venezolanos conocemos desde hace años.

La falta de insumos, de recursos y de capacidad para responder a una emergencia de esa magnitud volvió a hacerse evidente.

Pero también quedó expuesta otra realidad.

Mientras recorríamos hospitales, refugios y zonas afectadas, gran parte de la ayuda nacía de la propia gente.

Esa semana no solo mostró la fuerza de un terremoto.

También dejó al descubierto las profundas carencias de un país que, demasiadas veces, ha tenido que enfrentar tragedias con recursos insuficientes.

Pero, al mismo tiempo, mostró algo que ningún desastre pudo derrumbar.

La capacidad del venezolano de organizarse, ayudar y sostener a otros cuando más lo necesitan.

Durante esos días entendí que cada persona ayudaba de la manera en que podía.

Algunos removían escombros.

Otros buscaban sobrevivientes.

Otros llevaban comida.

Otros enseñaban.

Otros simplemente acompañaban.

Los únicos momentos en los que pude ayudar físicamente fueron cargando unas cajas de insumos en el Hospital Domingo Luciani y entregando nuestros cachitos para que algunas personas más pudieran comer esa mañana.

Yo ayudé de otra manera.

Contando lo que estaba pasando.

Escuchando a quienes lo habían perdido todo.

Y asegurándome de que sus historias también fueran escuchadas.

Esa fue mi manera de ayudar.

Enrique Grossmann Lauría es un periodista Venezolano-Estadounidense del equipo de Univisión

@enriquejgl