Nueva York, Naciones Unidas y la realidad

Hay imágenes que condensan décadas de historia. Que ponen punto final a una era y abren la puerta a otra, tan llena de incertidumbre como cualquier escenario presente que intente proyectarse a futuro. La de Donald Trump y Delcy Rodríguez estrechándose las manos en Nueva York, el martes 22 de septiembre, es una de esas imágenes.

La reunión ocurrió en el Lotte New York Palace, durante una recepción ofrecida por Trump a líderes extranjeros con motivo de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue una escena casi surrealista: el presidente estadounidense que ordenó una política de máxima presión hacia el poder en Venezuela conversando cara a cara con una de las figuras más visibles de los últimos años. 

Foto: cuenta X de @delcyrodriguezv

Pero Nueva York tiene esas ironías. Mientras en la sede de Naciones Unidas se reúnen los líderes del mundo para hablar de principios, soberanía, democracia y derechos humanos, en los salones de los hoteles de Manhattan se negocian asuntos mucho más concretos: petróleo, oro, deuda, inversiones, mercados y seguridad.

Y precisamente eso parece haber ocurrido esta semana.

La presidenta Rodríguez llegó a Nueva York por primera vez desde que asumió el mando ejecutivo de Venezuela. No llegó sola ni solamente con un discurso político. Su delegación incluyó al vicepresidente de Economía, la ministra de Petróleo y representantes de PDVSA.

Antes de encontrarse con Trump, sostuvo conversaciones con el Banco Interamericano de Desarrollo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Sobre la mesa estaban la reestructuración de una deuda venezolana estimada entre 150.000 y 200.000 millones de dólares, la recuperación económica después de los terremotos y la apertura de sectores estratégicos a la inversión extranjera. 

La presidenta Rodríguez dijo en un mensaje en la red social X que mantuvo “una histórica reunión” con Trump en la que conversaron sobre el fortalecimiento de la relación bilateral y “el avance de una agenda de cooperación en áreas estratégicas como energía, minería, seguridad y otros asuntos de interés común”.

El contraste resulta difícil de ignorar.

Durante años, el chavismo construyó buena parte de su identidad política alrededor de la confrontación con Estados Unidos, la denuncia del capitalismo y la condena del llamado imperialismo. Esa esa narrativa fue uno de los ejes de su proyecto político y se mantuvo como bandera literalmente hasta ayer. 

Sin embargo, el poder también tiene una relación particular con la realidad. Y la realidad económica venezolana termina imponiendo sus propias condiciones.

La escena de Nueva York ocurrió, además, pocas horas después de que Trump pronunciara ante la Asamblea General un discurso en el que habló del petróleo venezolano como un enorme activo económico y recordó el acuerdo alcanzado recientemente entre Washington y Caracas. 

A pocas cuadras de allí, frente a la ONU, venezolanos protestaban contra la presencia de Rodríguez, alegando que no los representaba. Algunos cantaban el himno nacional. Es otra de las paradojas de esta historia: mientras unos venezolanos protestaban, funcionarios del país negociaban con Washington las condiciones para reinsertar a Venezuela en los mercados internacionales. 

Y todavía hay otra ironía neoyorquina. La delegación venezolana comenzó a utilizar instalaciones diplomáticas que habían permanecido cerradas durante años, mientras funcionarios venezolanos se reunían con instituciones financieras internacionales y empresas estadounidenses interesadas en petróleo y minería. Incluso hay conversaciones sobre el eventual regreso de grandes compañías energéticas estadounidenses a Venezuela. 

Todo esto demuestra que la política internacional rara vez funciona como un catecismo ideológico. Los enemigos de ayer pueden convertirse en socios de mañana cuando aparecen intereses suficientemente grandes.

Durante años escuchamos la promesa de construir una alternativa al capitalismo. Sin embargo, la Venezuela de hoy necesita precisamente aquello que durante mucho tiempo cuestionó: inversión privada, capital extranjero, acceso a los mercados, financiamiento internacional y tecnología para recuperar su industria.

Al final, la realidad siempre se impone. El tiempo dirá qué queda de las viejas consignas, pero Nueva York acaba de ofrecer una imagen poderosa de la nueva realidad venezolana: después de tantos años de condenar al capitalismo y culpar al “imperialismo” de sus males, Caracas vuelve a tocar las puertas de la economía global. Vivimos en una economía profundamente golpeada, que ahora necesita precisamente aquello que durante años rechazó.

Al final, se impone el pragmatismo y la conveniencia para ambos países, más allá de las ideologías políticas. Quedamos atentos al próximo episodio de esta historia que apenas comienza a escribirse.